Homo Sapiens, especie des-adaptada

Homo Sapiens, especie des-adaptada

Personas Desenfocadas

Homo Sapiens una  especie des-adaptada.

Los Homo Sapiens somos una especie increíble. Desde la extinción de nuestros parientes cercanos, como los Neandertal o los Denisovanos, somos la única forma de vida inteligente en el planeta tierra, y hasta donde sabemos, la única del universo. Hemos colonizado todo nuestro planeta y dominado al resto de criaturas vivientes y recursos de la Tierra. Somos una  especie de gran éxito evolutivo, lo cual choca con una de las tesis principales de Sentirme Mejor ¡El ser humano no está adaptado a su habitad! ¿Cómo es posible?

Los humanos vagamos en la naturaleza, literalmente durante cientos de milenios. Vivimos en cuevas, cazamos, recolectamos y superamos continuos retos para nuestra supervivencia. Si nos comparamos con otras especies animales, los humanos somos débiles, lentos, frágiles, no tenemos garras, ni cuernos, ni grandes colmillos, no volamos, no nos ocultamos bajo tierra, en definitiva somos presa fácil para los depredadores. Si no fuese por nuestra capacidad de colaborar y nuestro ingenio, nunca hubiésemos sobrevivido a la desecación de nuestro habitad original en África.

Evolución del Homo Sapiens

Hemos cambiado nuestro entorno.

Durante más de 200.000 años, los Homo Sapiens experimentamos un intenso proceso de colonización y adaptación a los distintos entornos de nuestro planeta, supliendo con nuestra tecnología y construcción social todas nuestras desventajas evolutivas. En los últimos milenios apareció el sedentarismo, la agricultura, la ganadería, los grandes asentamientos y las organizaciones sociales complejas y especializadas, haciendo cambiar nuestro mundo. Pero es en los últimos 150 años donde nuestra relación con el planeta cambia radicalmente debido a la industrialización. ¿Qué son 150 años comparados con un periodo evolutivo de 200.000 años?

Si nos fijamos en el ritmo actual de cambios en nuestra sociedad, veremos que no para de acelerarse. El mundo en el que nacieron nuestros padres, se parece muy poco al mundo actual, en el que se crían nuestros hijos. Los humanos somos capaces de modificar el entorno en el que vivimos, con tal nivel de profundidad y a tal velocidad, que es imposible que la evolución natural siga nuestro ritmo. La evolución de las especies es un proceso lento, con mutaciones aleatorias, generación tras generación, durante miles de años.

Los humanos contemporáneos cambiamos el mundo en el que vivimos, y con él los retos a los que nos enfrentamos, de una generación a la siguiente. Vivimos en el mundo global de la información y la tecnología, con una genética que no difiere mucho de la de los cazadores-recolectores del paleolítico. Es por ello que no consideramos que el término correcto sea inadaptados. Nosotros nos adaptamos muy bien a nuestro entorno, tan bien que adquirimos el poder de modificarlo. Y lo hemos modificado tanto, que nuestra genética no puede seguir el ritmo, hemos quedado “des-adaptados”.

Vivimos una epidemia de sufrimiento

Y por todo esto pagamos un precio obviamente. La esperanza de vida ha crecido de manera importante en las últimas generaciones, hemos controlado gran parte de las plagas que nos diezmaban. Y por lo menos en los países desarrollados, la incertidumbre de morir por inanición, frío o en un enfrentamiento violento, han quedado reducidas casi a cero. Deberíamos estar bien ¿No? El dolor se reduce, pero al mismo tiempo vivimos una epidemia de sufrimiento. El dolor, ya sea físico o emocional es objetivo e inevitable en la vida. Si me golpeo siento dolor, si pierdo a un ser querido también.

El sufrimiento por el contrario es más sofisticado y exclusivo de la raza humana. Lo creamos nosotros mismos en nuestra cabezas, es parte de nuestra experiencia subjetiva, está relacionado con la idea de nosotros mismos, como individuos separados del resto. Este sufrimiento encuentra en los pensamientos rumiativos su mejor vehículo. Si todos los días me torturo por lo poco que me valoran en mi trabajo, eso no es dolor, es sufrimiento.

¿Cuáles son los efectos de eso que llamamos una epidemia de sufrimiento? Fácil, una sociedad en la que, quien más quien menos, sufre de un exceso de estrés. Los casos graves se pueden materializar como depresión o ansiedad, o la mezcla de ambos, ya que suelen ir de la mano. Este tipo de síndromes no paran de crecer. Ya a día de hoy podemos estimar que, más o menos uno de cada 4 de nosotros, sufrirá un transitorio grave de este tipo en su vida. Y no estamos hablando de una dolencia menor, el sufrimiento y la incapacidad temporal que producen tanto los trastornos de ansiedad, como la depresión mayor, son enormes, una travesía por el infierno…

Creamos sufrimiento en nuestra mente

¿Por qué sufrimos tanto?

Enfermedades mentales aún más graves y dolencias de todo tipo, incluso cardiacas, también encuentran en el exceso de estrés su causa principal, o por lo menos un agravante de importancia. El caso extremo es el de los suicidios, que también aumentan imparables a nivel global. Más allá de los casos que desembocan en un síndrome médico, el sufrimiento generalizado en gran parte de la sociedad es excesivo, y lo que es peor, innecesario. ¿Quién no se siente a veces estresado de más, o sufre de cierta ansiedad, o tristeza, o experimenta una sensación de vacío existencial?

Somos las generaciones humanas que disfrutan del mayor nivel de salud y la mayor esperanza de vida, de toda la historia de nuestra especie. El riesgo de morir por inanición, sufrir el ataque de un depredador, o sucumbir ante la violencia de otros individuos humanos es casi inexistente (por lo menos en occidente). A pesar de nuestras crisis económicas, problemas laborales, sociales, etc, somos afortunados de vivir en el siglo XXI. ¿O alguien se cambiaría por un obrero de la revolución industrial, o por un campesino del medievo o por un nómada cavernario?

Nuestras reacciones emocionales no son adaptativas.

Partamos de la base, de que las reacciones emocionales de estrés no son necesariamente malas. Un poco de estrés nos ayuda a estar atentos a las cosas importantes, nos ofrece un extra de foco y energía cuando son necesarios. Incluso siendo desagradables, son útiles en ocasiones. Pero por desgracia, en las sociedades modernas vivimos gran parte del tiempo bajo el influjo de reacciones emocionales intensas, asociadas a altos niveles de estrés como son el miedo o la ira. Este tipo de reacciones fisiológicas son adecuadas para enfrentarnos a amenazas contra nuestra supervivencia o integridad físicas. Están diseñadas para huir, luchar o esconderse. Gran parte de la sociedad pasa un parte importante del tiempo en estado de “lucha o huida”.

Estas reacciones emocionales fueron labradas en nuestra genética durante milenios, en los que los retos a los que nos enfrentábamos diariamente los seres humanos, eran de tipo “vida o muerte” y mayormente de carácter físico. Depredadores, guerras con clanes rivales, hambre, frio, estas eran amenazas reales. Los jefes desconsiderados, los trabajos poco valorados, los exámenes, los atascos, las hipotecas, etc, aún no habían sido inventados. Convendremos que los retos actuales poco tienen que ver con los que enfrentaban los hombres de las cavernas. La mayoría de nuestros problemas se resuelven de manera intelectual y un estado de calma y claridad mental suele ser un gran aliado. ¿De qué nos sirve una reacción que envía el riego sanguíneo a los músculos de las extremidades, y restringe el riego a las partes del cerebro encargadas del pensamiento racional? ¿De qué nos sirve pensar obsesivamente en la fuente de los problemas? La reacción emocional que fue útil y evolutiva para reaccionar ante un depredador rondando mi cueva, no lo es para enfrentarme a mis problemas en el siglo XXI.

Creamos estrés con nuestros pensamientos
Prueba el Mindfulness y pon orden en tu cabeza

Creamos estrés en nuestra mente

El desarrollo de nuestra mente, la aparición de la auto-conciencia y del pensamiento abstracto, son fundamentales para explicar quién somos y nuestro éxito como especie. Crean una diferencia entre nosotros y el resto de los animales, que debemos calificar como cualitativa, no cuantitativa. Dicho esto, estos regalos evolutivos están también envenenados. Los seres humanos continuamente repasamos el pasado y anticipamos el futuro en nuestra mente, y somos los únicos capaces de generar reacciones emocionales sólo con nuestros pensamientos. Tenemos la condena de cargarnos de estrés recordando cosas que ya ocurrieron y no tienen solución, o anticipando potenciales escenarios futuros, que sólo tal vez se manifestarán.

Y esta es una carga enorme… Todos nos enfrentamos a situaciones que generan emociones desagradables y dolor, hasta ahí todo es normal. Pero el grueso del sufrimiento lo generamos en nuestras cabezas, las mismas causas, los mismos pensamientos, las mismas narrativas internas, nos introducen en bucles de pensamientos y emociones negativas, que nos acompañan y nos torturan.

El sesgo negativo ya no es necesario

Si somos capaces de generar emociones negativas con nuestros pensamientos ¿Podríamos generar también emociones positivas? Sin duda, también lo hacemos. Este es un motivo de gran peso para vigilar qué es lo que pensamos, que nos decimos a nosotros mismos. La necesidad de  tomar consciencia y control sobre nuestros pensamientos, está marcada por el sesgo negativo que tenemos programado por defecto. Es decir, tendemos a temer, desconfiar y enfocarnos en las amenazas ¿Por qué la naturaleza nos castiga de esta manera? Para entenderlo debemos retrotraernos de nuevo al pasado. Como ya hemos dicho, durante los cientos de miles de años que vivimos en la naturaleza fuimos muy vulnerables. La tendencia de nuestra mente a proyectar escenarios negativos, a ponernos habitualmente en lo peor, a no olvidarnos de las amenazas, nos hizo cautos. Sin desconfiar de todo, no hubiésemos sobrevivido.

Los humanos modernos conservamos ese sesgo negativo pero ¿Lo necesitamos? ¡Definitivamente no! El estilo de vida moderno premia la osadía y la confianza en uno mismo. Los riesgos a los que nos enfrentamos, rara vez están conectados con la supervivencia. En el trabajo, en el amor y en la vida en general una actitud valiente y confiada paga réditos a la larga, aunque nos haga asumir también algunos errores. Existen estudios que dicen que más del 90% de los escenarios negativos que anticipamos en nuestra mente, nunca se llegan a materializar. Una actitud temerosa o desconfiada nos empuja hacia la mediocridad, la insatisfacción y nos castiga con estados emocionales desagradables y limitantes. ¿Merece la pena?

El exceso de estímulos nos castiga

¿Entonces nuestros ancestros vivían también estresados? A pesar de que ellos enfrentaban de manera habitual riesgos para la supervivencia, seguramente no arrastraban de forma continua estrés crónico como hacemos nosotros. Un factor clave es la cantidad de estímulos que recibe nuestra mente. Cada vez que esta recibe un estímulo, ya provenga del mundo exterior o de un pensamiento, se produce un juicio (de manera inconsciente) y como resultado del mismo se produce una emoción. Si la mente considera que existe una amenaza, nos preparar para afrontarla generando una emoción de estrés (como la rabia o el miedo). Todo esto ocurre, sin que la inteligencia consciente sea si quiera informada.

Algunos expertos opinan que un estadounidense promedio recibe en una semana el mismo número de estímulos que un cavernícola en toda su vida. Constantemente recibimos información, diversas fuentes pugnan por captar nuestra atención todo el día, tenemos más cosas por las que preocuparnos y en las que pensar. Damos trabajo continuo a nuestra mente emocional, siempre tiene algo que juzgar y emociones que generar y dado el sesgo negativo, la tendencia normal es a cargarnos de estrés.

La comida que nos atrae
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Nuestra relación con la comida

Otra muestra del desacompasamiento entre nuestra programación emocional y nuestra realidad, es la tortuosa relación que mantenemos con la comida. ¿Por qué nos atraen tanto los azucares, los hidratos y las grasas? ¿Por qué estamos programados para que nos gusten alimentos tan calóricos, cuando nuestra salud y nuestros cánones estéticos son contrarios a su consumo excesivo? Pensemos una vez más en nuestros ancestros. Si un clan tenía la suerte de encontrar, pongamos por ejemplo una colmena con miel, lo más inteligente era consumir todas las calorías posibles. Quién sabe cuánto tiempo volvería a pasar, hasta encontrar otra fuente de alimento tan energética.

¿Os ha ocurrido alguna vez el abrir una bolsa de aperitivos procesados o una chocolatina y volver una y otra vez a la cocina a comer un poco más hasta terminarlo todo? La tendencia a comérnoslo todo, hoy que tenemos oportunidad, seguramente salvo a muchos de morir de inanición tras unas semanas de menos suerte en la búsqueda de alimento. A día de hoy, esto ya no tiene ningún sentido. Nos alimentamos regular y nutritivamente. La industria alimentaria lleva años inundando el mundo de azucares, hidratos procesados y grasas (de mala calidad). Las calorías son ahora un problema por su exceso, ya no por su defecto.

Por suerte tiene solución

¿Qué podemos hacer para solucionarlo? Podemos esperar miles de años hasta que la selección natural acompase nuestra programación genética emocional con nuestras necesidades actuales, si es que no seguimos cambiando el mundo tan rápido que le sea imposible alcanzarnos. En cualquier caso, ninguno estaremos aquí para verlo. Por suerte tenemos otra alternativa: podemos arreglarnos cada uno, vivir de una forma más armoniosa con nosotros mismos, con nuestros pensamientos y emociones. También con los demás y con nuestro planeta y de paso inspirar a otros para que sigan nuestros pasos.

Todo pasa por la toma de conciencia, salir del piloto automático en el que vivimos la mayor parte del tiempo.  Dado que nuestros pensamientos son los principales culpables de nuestras emociones, y las mismas definen la calidad de nuestra experiencia vital, además de condicionar nuestras acciones. Dado que esas acciones generarán más emociones, que condicionarán más pensamientos que reforzarán las mismas emociones, etc, etc, en un ciclo sin fin. Va siendo hora de dejar de ser víctimas de tales bucles y empezar a tomar el control. No es fácil, pero es posible.

Tenemos las herramientas necesarias

Las principales herramientas para la toma de conciencia, para el control de las emociones y pensamientos y para la reducción del estrés existen desde hace milenios, aunque nunca habían sido tan necesarias como ahora. Meditación, Mindfulness, Yoga y otras técnicas trascendentales, han ayudado a millones de personas de todo el planeta, a estar en el mundo de una manera diferente, más consciente, más calmada, más conectada y sin duda más satisfactoria. Existen por supuesto otras vías para despertar la auto-consciencia, un buen proceso de coaching puede ser muy transformador y por descontado la ayuda de un psicoterapeuta puede también ayudarnos a conocernos, dominarnos y disfrutarnos.

El camino a la auto-consciencia puede emprenderse por distintos motivos: reducir el estrés y la ansiedad, vencer la tristeza y la depresión, mejorar la concentración y el rendimiento profesional o académico, conocerse a uno mismo y buscar sentido en la vida, etc. Todos estos objetivos se cumplirán con creces si aplicamos disciplina y tenemos un poco de paciencia, pero siempre se encuentra más, mucho más. En el proceso vas a entrar en contacto contigo mismo, con quien tú en verdad eres y lo que en verdad quieres. Tomando progresivamente conciencia, de cuales de los condicionamientos que han guiado tu vida, son realmente creencias implantadas por otros o por la propia sociedad. Muchas de ellas se formaron en la infancia, pudieron tener su utilidad, pero ya no la tienen.

Arreglemonos para arreglar el mundo
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Arreglémonos para arreglar el mundo

Lo que hemos observado, es que cuando miramos al interior, tenemos mucho en común unos con otros. No creemos que nadie, en esencia, sea una mala persona, ni carezca de autoestima, ni odie a los demás o a sí mismo, estas son actitudes aprendidas. En nuestra experiencia, cuando despertamos y nos encontramos a nosotros mismos, nos sentimos más conectados con todo. Primero con nosotros mismos, pero también con los demás y con nuestro maravilloso planeta. Podéis estar tranquilos, no os vais a convertir en otra persona, por el contrario empezareis a ser vosotros mismos, más de lo que nunca lo habéis sido. No es necesario renunciar a los bienes materiales, ni cambiar la forma de vestir o cambiar de círculos sociales. Pero, en el proceso todos aumentamos la sensación de conexión con los demás, se potencia la conciencia sobre el planeta y la raza humana, así como sentimientos positivos como la compasión, el agradecimiento, el amor y la felicidad.

Al tomar conciencia de como nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar nos afecta a nosotros mismos y a los demás; Además de descubrir lo gratificante que es cultivar emociones y actitudes positivas hacia otros (estamos programados genéticamente para ser animales sociales), empezaremos a irradiar nuestro bienestar, nuestra confianza, nuestra felicidad y nuestra paz. Lo que proyectamos al mundo volverá a nosotros multiplicado, hará estar mejor a los que interactúan con nosotros y potencialmente ellos influirán positivamente a otros. A medida que más y más personas despierten y se encuentren, la humanidad albergará más actitudes positivas hacia las personas y el planeta. Más posible será que superemos los retos a los que nos enfrentamos como especie, como la desigualdad o el cambio climático. Ningún cambio se produce desde el mismo “estado del ser”. ¡Arreglémonos nosotros para arreglar el mundo!

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Un comentario

  1. Muy inspirador Alex. Hacía mucho tiempo que no leía un articulo dónde se explique tan fácil y con tanto detalle como la programación emocional y nuestra realidad interactuan, y cómo pararlo con estas herramientas que propones. Muchas gracias por compartirlo

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