¿El estrés es bueno?
¿El estrés es bueno? ¿Cómo es posible? ¿No habíamos dicho, que el estrés es la gran epidemia del siglo XXI? ¿Cómo puede no ser malo, algo que causa y agrava tal multitud de enfermedades? Veamos, el estrés en si mismo, no es bueno ni malo. Es un mecanismo evolutivo que compartimos con el resto de animales. Y como ya hemos dicho en otras secciones, es absolutamente imprescindible para nuestra supervivencia. Cuando la respuesta de estrés se da, por un motivo justificado, es de una intensidad adecuada a las circunstancias, y retrocede tras cesar la demanda, el estrés es bueno, lo podemos llamar “eustrés”. Cuando es excesivo, en función a la demanda, y sobre todo cuando se mantiene en el tiempo más de lo necesario, el estrés es malo, hablamos de “distrés”.
Distintas definiciones de estrés
Para poder posicionarnos sobre si el estrés es malo o no, debemos antes aclarar, que es exactamente lo que queremos decir por estrés. Se utilizan distintas definiciones. Las más habituales no ayudan a construir un “Mindset” (o sistema de creencias) potenciador sobre el mismo. En muchos entornos se utiliza la palabra estrés para referirse solamente al distrés, al estrés excesivo o mantenido y dañino. En otros, se utiliza la palabra estrés para referirse al desgaste producido, por las reacciones de alta activación sostenidas en el tiempo. En ambos casos, la palabra estrés queda asociada a una insalvable connotación negativa.
La respuesta de estrés
Pero, entonces… ¿Qué es lo que se fue acumulando, hasta llegar a una reacción excesiva? ¿Qué es lo que llegó a causar ese desgaste? En nuestra definición preferida, eso también era estrés. Y a eso, es a lo que preferimos llamar estrés en Sentirme Mejor, a la respuesta de estrés. La respuesta de estrés es un mecanismo genérico, a través de la cual nuestro cuerpo se prepara para combatir una amenaza. Y esta puede ser de cualquier tipo. El estrés es la misma respuesta fisiológica, para amenazas físicas, psicológicas, reales o imaginarias. No existen, de hecho, distintos tipos de estrés. La “gota que colmó el vaso” y me hizo sentirme mal, es el mismo estrés que me estaba ayudando hasta que se convirtió en excesivo.
Mindset sobre el estrés
Reconocer al estrés, como la herramienta necesaria y valiosa (aunque también peligrosa) que es, es imprescindible para mantener un “mindset” potenciador sobre el mismo. Por “mindset” queremos decir, cuales son nuestras creencias al respecto, cual es nuestra actitud ante el estrés. Pensar que el estrés es malo, por ejemplo, sería un “mindset” sobre el mismo. A todo lo que percibimos, nuestra mente le aplica un juicio, positivo o negativo. Lo mismo ocurre con nuestras propias sensaciones corporales o emociones. Cuando algo nos estresa, nos enfrentamos no sólo al juicio que nuestra mente hace sobre el estresor, también al juicio que hace sobre la propia reacción de estrés. Si mi “mindset” sobre el estrés es negativo, lo temo y lo rechazo. En cuanto empiece a sentir el estrés, la mente hará un juicio negativo sobre la misma sensación “no quiero estar así”. La propia sensación, el propio estrés es reconocido como una amenaza. Y ¿Cómo responde el organismo a las amenazas? ¡Con estrés!
El estrés crónico y el “mindset”
Me estreso porque estoy estresado, y el propio estrés me hace estresarme, un circulo vicioso propiciado por un “mindset” negativo sobre el estrés. Es común que, en los casos crónicos, ya sea estrés crónico, ansiedad o depresión, se de este efecto de retroalimentación del estrés. Voy desarrollando miedo al propio estrés, por lo que me ha hecho sufrir. Según el modelo de Russell, todas las emociones se pueden situar dentro de un esquema con dos ejes: Tensión-relajación y placer-displacer (o valencia). El hecho de sentir alta activación, tensión (o estrés) no significa que la valencia sea desagradable, son criterios independientes. Hay muchos momentos de alta activación, que asociamos como agradables: Jugar un partido de futbol, un concierto de mi grupo preferido, etc. Cuando el estrés se va cronificando, es habitual que se le asocie una valencia negativa, a la activación en sí misma. En cuanto empiezo a sentir la activación, la rechazo, genero resistencia a la misma, haciendo que se viva como muy desagradable, y que crezca mucho más allá de lo adecuado.
Haz del estrés tu aliado
Por descontado, cambiar de una actitud de miedo al estrés, a otra en la que lo consideremos un aliado, no va a ocurrir plenamente de la noche a la mañana. Tendrás que trabajar en ello. Uno de los pasos imprescindibles será habituarse a las sensaciones físicas del estrés. No escapar a nuestros pensamientos, intentando no sentirlas. Al contrario, ponerles toda nuestra atención en el cuerpo. Tratando de sentirlas como una experiencia física, sin permitir que afecten a nuestra mente. Cuanto más ignoremos la sensación corporal, más afectará a nuestra forma de pensar. Una vez que seas capaz de sostener el estrés en el cuerpo, pregúntate ¿Qué me estoy diciendo en mi cabeza cuando empiezo a estresarme? Del tipo de diálogo interno que mantengas cuando el estrés se dispare, dependerá que la experiencia sea desagradable, neutra o incluso agradable. Y que el estrés siga creciendo desbocado, o se mantenga en niveles adecuados para la demanda.
Aumentar la tolerancia al estrés
Como hemos dicho, el estrés no es necesariamente desagradable. Y mejora nuestro rendimiento, hasta llegar a un punto donde más activación lo hace decrecer (nivel óptimo de activación). Este punto podría llamarse el umbral del estrés, el nivel a partir del cual el eustrés se empieza a convertir en distrés. Pues bien, este umbral que marca nuestro nivel de tolerancia al estrés no es fijo, podemos trabajar para aumentarlo. Una de las claves, es precisamente el “mindset” que tenga sobre el propio estrés. Si lo considero una amenaza, el umbral será muy bajo. En la dirección de aumentar la tolerancia al estrés, disociando la sensación corporal, del estado de la mente (buscamos aprender a mantener una mente calmada, con un cuerpo activado), existen entrenamientos que pueden resultar muy efectivos. Uno sería la exposición a agua fría o baños helados. Otro sería mediante técnicas de respiración pranayama o similares, donde generamos de manera voluntaria una respuesta de estrés en el organismo, mientras la cabeza permanece fría y concentrada.